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El trapo y los secuestrados

En Colombia, el golpe de orgullo causado por un operativo de rescate por parte de las fuerzas militares en el cual se liberaron sin hacer un solo disparo quince personas que mantenían cautivas las Farc, entre las cuales se encontraba Ingrid Betancourt, tres norteamericanos y once militares de distintos rangos, ha sufrido una baja: se usaron ilegalmente los símbolos del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), los cuales están protegidos no sólo por el Derecho Internacional Humanitario, sino también por la misma legislación colombiana.

Al reconocerlo, el gobierno jugó con la disyuntiva que le daba ventaja: el trapo de la Cruz Roja o los secuestrados. Por supuesto, nadie se arriesgaría al repudio, ni a la categorización de terrorista, prefiriendo una pieza de tela de colores por encima de varias vidas humanas que llevaban padeciendo años de ignominia en la selva. Es por eso que se podría pensar que una cosa cómo la ética no es algo que debe tenerse siempre presente.

Pero lo más seguro es que sí.

Ahondando en las motivaciones, podríamos llegar a encontrar no la disyuntiva humanitaria que expuso el gobierno es sus excusas, sino la perversión de anteponer unas vidas a otras por puro interés político.

Ante la presión nacional e internacional por un acuerdo humanitario y por la aceptación del despeje de cierto territorio exigido por la subversión, el poder ejecutivo colombiano siempre se negó argumentando que sería una licencia para la guerrilla para volver a secuestrar, pues tendría la posibilidad así de recuperar sistemáticamente sus combatientes capturados por la fuerza pública, lo cual pondría en peligro a toda la ciudadanía colombiana.

Este argumento es lógico y respetable.

¿Pero qué se demostró con la suplantación del Comité Internacional de la Cruz Roja?

Con este hecho, el gobierno colombiano afectó gravemente la credibilidad de quienes en el futuro porten tales insignias, es decir, el gobierno pasó de preferir el sacrificio de un grupo de secuestrados en aras de toda una nación, antigua premisa, al favorecimiento de 15 de ellos en desprecio de la vida del resto de secuestrados que aún permanecen en poder de las Farc, de todas las personas que trabajan en el CICR y otros organismos de ayuda y de todos los militares y civiles que dependen del voluntariado de estas ONGs para su supervivencia, que en Colombia, con un 10 % de su población víctima del desplazamiento interno, y un conflicto que a diario deja caídos y lesionados en combate de ambos bandos, nos da un resultado de varios millones de personas.

¿Y por qué habría habido este cambio de argumento?

No ha cambiado nada. El gobierno tiene sus propios intereses y no ve ningún reparo en recurrir a todo tipo de argucias para lograrlos. Uno de ellos, el cual es derrotar a la subversión, coincide perfectamente con el deseo de la mayoría de la población colombiana. Es por ello que se le cree cuando asegura que lucha por el bienestar de todos y se le aceptan las mentiras y modos que ofenden al intelecto en favor del patriotismo, como lo es aseverar que fue el miedo espontáneo lo que llevó al uso de las símbolos del CICR. Sucederá que cuando tenga que volver a recurrir al engaño y a la afectación de cualquier ciudadano, seguidor suyo o no, lo hará sin prevenciones, pues ya está acostumbrado a hacerlo y, lo peor, a que se le tolera. Y la pobre víctima de turno será llevada adjetivamente a terrorista.

Este es el problema de tolerar la falta de ética.

Meses antes, el presidente Alvaro Uribe rompió abruptamente la mediación en la que participaba su par venezolano Hugo Chávez, basándose en una injerencia indebida de éste y en un inconveniente realce político del grupo guerrillero en cuestión, evidenciando así que estos dos detalles, menos riesgosos en vidas que el uso de los símbolos del CICR, valían más para el gobierno que la libertad de los secuestrados.

Porque era impactante, era levantador del orgullo patrio, era otra goleada cinco a cero contra Argentina y es, ante todo, re-re-eleccionista. Fue por esto que se realizó así este operativo.

Es notorio que el gobierno busca la salida de los secuestrados sólo en las maneras que ésta le pueda ayudar en sus objetivos, sin importar, como en todos sus acciones, quien sea el afectado por ese acto de liberación. Paradójicamente, de este último se puede festejar su resultado puntual en las 15 personas libres, pero no se puede felicitar, debido a sus profundas razones y repercusiones.

No puede quedar en la sociedad la idea de que un acto incorrecto traiga sólo consecuencias positivas, que aquí las hubo, pero también están las negativas, y la perversión está en que serán para los otros.

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Categorías:Opinión
  1. agosto 5, 2008 en 4:25 pm

    Saludos. Me alegra que la gente decente, hoy en día en escasez, todavía tenga ánimos para manifestar su punto de vista sobre la situación del país. Quisiera que aparte de comentarios y opiniones, empezara un intercambio de ideas y puntos de vista; he encontrado gente con posiciones similares (obvias pero valiosas en este ambiente hostil) dispersa por la red -y fuera de ella-, lo que me lleva a pensar que mucho más se podría hacer de forma mancomunada. Dejo mi contacto y BLOG para iniciar tan necesario intercambio.

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