La corrupción de los otros

Lo que nos aporta la neurociencia en relación a los actos de corrupción

Ante tanto alegato sobre la corrupción generalizada, que se come como comején los recursos de nuestra nación, surge la matemática pregunta de si el conjunto de corruptos es exactamente igual a la resta entre todos los colombianos y el conjunto de quienes se quejan de la corrupción. Es decir, ¿los corruptos y los no corruptos son grupos sociales diferentes bien definidos? ¿De dónde salen los primeros? ¿De un sector aislado de la sociedad que no se mezcla nunca con los segundos? ¿O acaso vivimos “en el mismo lodo todos manoseaos”?

Si, como parece indicar la situación, asumimos que buena parte de los funcionarios públicos son corruptos, hipotéticamente por supuesto, y hacemos el experimento mental de pensar en esto como una gran encuesta nacional sobre el comportamiento ético y moral, en donde esos miles de servidores del Estado son la muestra y el universo somos los ciudadanos colombianos, nos resultaría que casi todos somos también corruptos. ¿No? ¿Son los funcionarios públicos una muestra representativa de la población colombiana? Pues los hay de todas las edades, géneros, profesiones, regiones, orígenes, etc. Todos seríamos entonces ciertamente corruptos. ¿No?

Pues sí. Y he aquí lo que dice la neurociencia al respecto. Sigue leyendo “La corrupción de los otros”

Anuncios

San José, mi barrio y la barbarie

Relato breve de lo vivido a raíz del atentado a la estación de Policía del barrio San José de Barranquilla el 27 de enero de 2018.

Un estruendo inverosímil agitó la temprana rutina sabatina del barrio San José de Barranquilla, mi barrio desde niño. Desayunaba yo huevos pericos, plátano maduro y un menjurje licuado al que le echo un montón de vainas dizque buenas para cuando uno acaba de hacer ejercicio. Aún estaba sudado y con el pulso marchante, sentado solo a la mesa, cuando sonó eso. Mi esposa, que se había metido al baño, me pregunta desde allá que qué fue aquello. Los transformadores del sistema eléctrico de la mal afamada Electricaribe solían cada cierto tiempo renunciar así, de manera estrepitosa, a su buen oficio, pero no con tanto ahínco. Además, la luz no se había ido: no tenía más hipótesis, al menos ninguna de la que quisiera hablar.

-No sé, amor-. Le respondo.

Barranquilla se ha mantenido casi que al margen de todas las peloteras que han hecho tristemente célebre a Colombia en el mundo. Sin embargo, me había venido a la mente aquel carro bomba que alguna vez explotó frente a un hotel del norte de la ciudad, cuando estaban de mala moda en el país. Pero fue hace mucho tiempo. Eso ahora es historia y negocio de la televisión. Niego con la cabeza.

Me levanto entonces de la mesa y me acerco hasta la puerta, abierta ya a esa hora, como sigue siendo costumbre en estas latitudes, pero claro está, con reja y candado. Miro a lo alto, buscando no sé qué. El cielo está limpio, azul, muy claro. Sólo se escuchan tenuemente algunos ladridos: el horizonte de perros de Lorca.
Sigue leyendo “San José, mi barrio y la barbarie”