San José, mi barrio y la barbarie

Relato breve de lo vivido a raíz del atentado a la estación de Policía del barrio San José de Barranquilla el 27 de enero de 2018.

Un estruendo inverosímil agitó la temprana rutina sabatina del barrio San José de Barranquilla, mi barrio desde niño. Desayunaba yo huevos pericos, plátano maduro y un menjurje licuado al que le echo un montón de vainas dizque buenas para cuando uno acaba de hacer ejercicio. Aún estaba sudado y con el pulso marchante, sentado solo a la mesa, cuando sonó eso. Mi esposa, que se había metido al baño, me pregunta desde allá que qué fue aquello. Los transformadores del sistema eléctrico de la mal afamada Electricaribe solían cada cierto tiempo renunciar así, de manera estrepitosa, a su buen oficio, pero no con tanto ahínco. Además, la luz no se había ido: no tenía más hipótesis, al menos ninguna de la que quisiera hablar.

-No sé, amor-. Le respondo.

Barranquilla se ha mantenido casi que al margen de todas las peloteras que han hecho tristemente célebre a Colombia en el mundo. Sin embargo, me había venido a la mente aquel carro bomba que alguna vez explotó frente a un hotel del norte de la ciudad, cuando estaban de mala moda en el país. Pero fue hace mucho tiempo. Eso ahora es historia y negocio de la televisión. Niego con la cabeza.

Me levanto entonces de la mesa y me acerco hasta la puerta, abierta ya a esa hora, como sigue siendo costumbre en estas latitudes, pero claro está, con reja y candado. Miro a lo alto, buscando no sé qué. El cielo está limpio, azul, muy claro. Sólo se escuchan tenuemente algunos ladridos: el horizonte de perros de Lorca.

Y todo lo demás era silencio. Era como si todo el mundo se hubiera quedado callado a la espera de lo otro, de lo que viniera después de ese totazo, lo que fuera. Descubro a mi vecina haciendo lo mismo que yo en la terraza de su casa, mirando de un lado a otro. Se resguarda haciéndose cruces y sin respuestas. Regreso a la mesa deseando que lo ocurrido fuera fortuito, no por malas intenciones.

Pero no tardó más de cinco minutos en empezar el crescendo de sirenas. Primero con la timidez de aquellos perros, después con la presencia segura del mosquito que te ronda la oreja y por último, cuando hizo aparición el helicóptero de la Policía con su huracanado sobre vuelo, con la certeza de la tragedia.

A esas horas, mi esposa y yo nos alistamos para ir a trabajar en sendas oficinas. Para amenizar el ajetreo acostumbro a poner las noticias en la radio, pero los sábados no hay emisoras locales. En vano repaso las estaciones en un desahuciado Samsung mini que sólo sirve para eso y como despertador. La radio nacional dedica poco espacio a las penurias domésticas de la provincia.

Mi esposa, aún con la toalla, asustada, nerviosa, enciende el computador en busca de noticias serias. Ni ella ni yo usamos Whatsapp: nunca fue tan fácil que tantos dijeran tanto sobre nada. El Heraldo, nuestro diario local, aún no abordaba el asunto en su web. Publicaban algo de un deportista y alguna cosa del inminente carnaval, cuya reina había visto yo de cumbiambera un día antes entrando a un lujoso restaurante de la ciudad. No sonreía, como en las fotos, iba con ese rostro suyo, tan sirio-libanés, muy serio, como cansado.

-Pobre pelada, hombre- me condolí con una mueca-. Y lo que le falta.

Pero no era esto lo que le faltaba, ni a ella ni a la gran fiesta de estas tierras, que ya no iba a ser igual.

Por fin una mención en la radio nacional. Somera pero certeramente dicen lo que ahora ya todos sabemos con detalle: un artefacto explosivo, 5 policías muertos y casi 50 heridos, y todo muy cerca de nosotros. Mi esposa tiembla y no puede contener las lágrimas. La abrazo. Los sábados no lleva uniforme. Usa jeans y zapatos altos. Su rostro me queda pues a la altura de los hombros y no del pecho, como hubiera querido, para cuidarla mejor. Llamo al gerente de la empresa: no voy a llegar temprano. Seguimos buscando noticias.

Decidimos salir, pero hay un problema. La ruta más fácil, la que tomamos a diario, pasa a pocos metros de la estación de policía atacada. Las otras, o están bloqueadas por los trabajos de canalización del ancestral arroyo del barrio o conducen a las clínicas donde están llevando los heridos, según detallan ya las noticias. El ruído de las afanadas ambulancias lo confirman. Un motociclista murió atropellado por una de ellas, supimos después.

Han abierto una trocha para cruzar la calle en reparación y por ahí pasamos. A ambos lados se ven los cráteres inmensos de la obra, pero en lugar de eso parece una escena de guerra: los escombros, el helicóptero, las sirenas y la noticia. Es una postal de la actual Siria o del antiguo Líbano, los orígenes de nuestra parrandera realeza. No soy el más típico de aquí. Prefiero leer a los García que ir a carnavalear, y repetir mil veces una pieza de jazz que hacer sonar siquiera un vallenato. Pero también es mi ciudad y me duele. Pienso en las víctimas y me duele.

¿Cómo se salva uno de estas cosas? Ninguna rutina de ejercicios me va a dar la fuerza necesaria para proteger a mi familia de esta barbarie. ¿Inteligencia, prudencia? Quizás. ¿Marchas, camisetas blancas, los buenos somos más? No hay más camino que unirse, que estar atento.

Finalmente logramos salir sin mayores trámites de la zona, pero casi inmediatamente caigo en la cuenta de que no voy a poder huir tan fácil del pesar, por las víctimas, por sus familias, porque es mi ciudad, porque fue en mi barrio, y porque al final del día tengo que regresar a él, a dormir, a seguir viviendo.

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